A medida que transcurre el tiempo, voy perdiendo la esperanza de volver a ver esa piedra en mi mesa de luz. Esa piedra, que de viajera ya no tiene nada. Ahora, cuatro años después, debe estar arrumbada en la caja, conviviendo con el polvo y el olvido. Sí, mi alma. Ah, no. La piedra. La impar, la número veintisiete. Veintisiete. El número que no puedo tolerar ni en el volumen del televisor. El que evito, el que no quiero incluir, pero que en el afán de olvidarlo, resuena veintisiete veces más en mi mente, haciendo que tiemble al recordar lo feliz que fui alguna vez... Lo feliz que fui ese día, con tan sólo un pedacito de costa y él. Él. El mismo que hace mucho tiempo es el único dueño de la piedra. Ah, no. De mi alma. No pierdo la esperanza de recuperarla; de que ella sí viaje, abandone el polvo y el olvido y retorne aquí, donde la espera es un lugar normal. Que vuelva. Mi alma...
Ah, no. Él.

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