Era una noche cálida de diciembre. Un mensaje de texto de ella invitándolo a charlar, a conocerlo más. ¡Las ganas de verlo que tenía, de compartir una madrugada! Un banquito blanco, dos adolescentes con el corazón a medio remendar, pero expectante por lo que podía llegar a ocurrir bajo ese manto de estrellas.
Iniciado el encanto, prosiguieron las charlas, hasta el amanecer. Pero mirá vos cómo era tal situación, que ninguno de los dos se había percatado de cuán rápido actuaba ese maldito reloj. Si no fuera por él, ella se hubiera quedado toda la vida allí, en ese banco, admirándolo, sintiéndolo, deseándolo. Deseando que no se acabe nunca la magia del sentir, del volver a creer.
¿Me preguntás cómo era esa noche? A ver, recuerdo que se acobijaban bajo un cielo con cuatro estrellas. Las más brillantes del universo. Sí, ¡En serio! Yo también las pude ver. Una era la esperanza. La otra, junto a ella y la menos radiante del conjunto, era el miedo. Y las otras dos tenían el brillo exactamente idéntico que la de dos miradas que, en este momento, no puedo recordar. Quisiera retroceder el tiempo, para poder verlas y contarte cómo eran, pero no creo que mi máquina del tiempo funcione un año hacia atrás. Esta noche, traté de buscarlas, así podía continuar con el relato y conozcas mi historia. Pero no me percaté de que una se había apagado una noche de agosto, luego de un fenómeno sin explicación. ¿Y la otra? La otra se fue apagando de a poquito, poquito a poco, al ver que ya no tenía reflejo... Al ver que sin su compañera, no podía producir el mismo brillo, tan único, tan propio, que acostumbraban dar las dos.
Iniciado el encanto, prosiguieron las charlas, hasta el amanecer. Pero mirá vos cómo era tal situación, que ninguno de los dos se había percatado de cuán rápido actuaba ese maldito reloj. Si no fuera por él, ella se hubiera quedado toda la vida allí, en ese banco, admirándolo, sintiéndolo, deseándolo. Deseando que no se acabe nunca la magia del sentir, del volver a creer.
¿Me preguntás cómo era esa noche? A ver, recuerdo que se acobijaban bajo un cielo con cuatro estrellas. Las más brillantes del universo. Sí, ¡En serio! Yo también las pude ver. Una era la esperanza. La otra, junto a ella y la menos radiante del conjunto, era el miedo. Y las otras dos tenían el brillo exactamente idéntico que la de dos miradas que, en este momento, no puedo recordar. Quisiera retroceder el tiempo, para poder verlas y contarte cómo eran, pero no creo que mi máquina del tiempo funcione un año hacia atrás. Esta noche, traté de buscarlas, así podía continuar con el relato y conozcas mi historia. Pero no me percaté de que una se había apagado una noche de agosto, luego de un fenómeno sin explicación. ¿Y la otra? La otra se fue apagando de a poquito, poquito a poco, al ver que ya no tenía reflejo... Al ver que sin su compañera, no podía producir el mismo brillo, tan único, tan propio, que acostumbraban dar las dos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
¿Qué pensás?