jueves, 7 de junio de 2012

Esperar, te.

Podría realizar veinte mil leguas de viaje submarino en busca de unos ojos en los que pueda perderme. Podría soñar con el beso más fuerte de la historia para poder, al menos, imitarlo, y sentir la cuarta parte de lo que sintió su protagonista mujer. Podría volar y establecerme en otra dimensión para encontrar la felicidad eterna. Podría remar el Océano Atlántico entero, sin cansarme, en busca de unas manos que traspasen mi cuerpo y lleguen a mi alma. Podría escribir todos los días una carta de amor y crear un cartero imaginario que se las entregue a un caballero merecedor de sentimientos puros y verdaderos... -pero que elija mi enviado a quien crea el apropiado, él sabrá optar, yo no me arriesgaré-.

Ahora bien. Podría, pero no quiero hacerlo. Yo ya me perdí en dos luceros celestes, y, hasta ahora, no encontré el camino de regreso. No tengo por qué conformarme con un cuarto, cuando ya sentí el todo. Para qué volar y establecerme en otra dimensión, si sólo necesitaría una máquina del tiempo para revivir la felicidad en su máximo esplendor. Tampoco hay necesidad de remar a través de la inmensidad oceánica, cuando sé que esas manos están geográficamente muy cerca de mí. No escribiría una carta todos los días... Ya escribí una, y nunca obtuve respuesta. Y el destinatario fue elegido por mí; ¡Pude arriesgarme una vez en la vida y lo elegí! ¿Para qué escribir más? Esa valió por muchas, esa era para él.
Siempre me quedará la gran duda de saber qué fue de ella, a menos que pueda encontrarlo y preguntarle. O no hablar. Tan sólo mirarlo... Y recordar que alguna vez, me quiso. Mirar a través de él y darme cuenta de que todos estos años esperándolo no fueron en vano. Yo creo que, después de ese día, podré tirar mi reloj de arena. O guardarlo en un cajón y al fin, volver a empezar.



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